Tuya, otra de Piñeiro

writer1.0.0Tuya es una novela policial que publicó por primera vez Ediciones Colihue en el año  2005. Una vez más, Claudia Piñeiro aborda temas que rozan a la clase media y a su peligrosa rutina enmascarada bajo las buenas costumbres.

En esta oportunidad, Inés, la protagonista, una mujer común, una ama de casa común, con una familia de clase media-alta que vive en Palermo, Buenos Aires, llega a hallar sus propios límites en su ensimismada lucha por mantener su lugar en la sociedad, como mujer, como madre, como esposa. Sobre todo como esposa.

En esta novela, Piñeiro toca varios temas. Uno de ellos es la impronta femenina, el mandato materno de ser linda, de casarse, de formar una familia tipo; la competencia con otras mujeres, y las aberraciones a las que llevan esas máximas a las que adhiere desde el comienzo.

Una novela llena de diálogos, muy frenética pero clara, rápida, directa al punto: La versatilidad, la lucidez e inteligencia supremas de una mujer dañada puestas al límite. Otro temas abordados pueden ser la adolescencia y sus conflictos, la farsa del matrimonio jaqueado en su falsedad, y, como también pasa en otras novelas suyas como “Una suerte pequeña”, esa carencia natural de instinto maternal que sale a flote como el cadáver de un muerto, cuando menos se lo espera.

Lectura muy recomendable, “Tuya” muestra estos temas universales pasados por el prisma de la sociedad argentina, con sus pequeñas miserias pero con sus grandes particularidades, esas que la hacen única.

“Una suerte pequeña” de Claudia Piñeiro

49744_3961855_IMG_01_0000_max_656x437La autora nació en Burzaco en la década del sesenta del siglo veinte. Ejerció la profesión de contadora durante muchos años antes de dedicarse a la literatura. Era, sin dudas, una escritora exitosa disfrazada de oficinista.

“Una suerte pequeña” es una novela que publica Alfaguara en 2015 y que cuenta la biografía de una mujer común, hija de un matrimonio corriente, de un barrio más de Buenos Aires. Luego de su regreso a su ciudad natal se encuentra con su pasado, lo que la lleva a replantearse toda su vida.

Esta novela invita al lector a reflexionar desde el comienzo. Su lectura es amena, rápida; pero lo más importante, entretenida. O atrapante, diría yo. La trama está atravesada brillantemente por un suspenso e intriga que  hacen de éste un libro que se lee en dos intensas tardes y, además, con atención exclusiva.

Algo que agregar: Hay un punto sobre el final de la historia, un momento indefinido en el que el lector queda atrapado por la lógica de la trama y comienza entonces a especular con ella. Es allí donde se lo deja a su libre albedrío, construyendo finales alternativos, lo que bien podría dar lugar a una verdadera saga a la manera de las novelas juveniles.

Una gran novela de la autora, altamente recomendable por la calidad de la trama y por una historia que engancha desde el minuto cero, para librarte recién cuando todo se ordena, la ficción concluye de una forma desafiante para que el mapa vital siga su curso…

Rodado 28

#HistoriasDeBicis #MuéveteEnVerde

Dejaba su bicicleta. Qué rodado es. 28, la mía es 26. Así comenzamos a hablar, con su interés en cambiarle el rodado de la bici. Después me contó de su hija de diez años, que es grandota para su edad. No estuve demasiado tiempo con él como para entender qué significaba eso. Había tenido un accidente de moto hacía veinte años, y esperaba una operación de cadera. No tengo apuro, decía. Su voz era dulce, de suave cadencia. Le dije que 38, 37 años: tenía 42. Era un hombre pacífico, de esos que buscan la belleza. En tres minutos me contó que lo único que recordaba era una camioneta que clavó los frenos tres metros antes de la estampida. Cuando despertó estaba en el hospital de emergencias. Ahora me preguntaba sobre el rodado de mi bici.

Veinte años antes

Después de más de veinte años estabas yéndote en medio de noche; te seguí con la mirada, con todas las palabras por decir. Ni siquiera hubiera sabido por dónde empezar. ¿Quizás por contarte sobre todos los veranos en que ponía la música de los Rolling Stones a todo volumen en el patio de mi casa con la esperanza de que pudieras oír que teníamos los mismos gustos?

Todas las veces que estuvimos cerca de ser nosotros mismos, aparecía una barrera infranqueable. Y ahora te veo ir con la paz de siempre, veinte años después; irte en la oscuridad de la noche (tiene bastante de poesía esto). Te pregunté si te acordabas de la sesión de E.T de aquel verano en la cocina en penumbra, en tu casa. Una vez más la indiferencia, el desapego, la ignorancia. La desconexión.

Aquella otra noche en el patio de tu casa, después de la euforia social del pub, donde hubieron besos apagados, tranquilos. Quizá tuviéramos dieciocho años, la pasión no estaba en mis zapatos. Y después de veinte años somos los mismos. Vos seguís con la paz, y yo con mi hermosura; dos gotas que caen sin tocarse. ¿Cuántas veces soñé con vos sin entender mi sueño?. Sin forma, sin gusto. Veinte años más tarde te miro a los ojos intentando entender cómo no puedo llegar a vos. Y me parecen más divertidos los atajos, más productivos los desencuentros. Vacío vos de mí, y yo sin brújula para hallarte.

 

 

 

 

La casa de los monos

Lo supe por un sueño, era una casa enorme, muy cerca del barranco que da al río, se llenaba de una humedad continua, sobre todo en los meses del verano, cuando los mosquitos la impregnaban con su aire siniestro. Mi abuelo materno la había adquirido hacía décadas, mucho antes de mi nacimiento.

Al costado de la casa había un camino ancho coronado de palo borracho, aún recuerdo lo agreste de las espinas, lo rudo de su madera. Se elevaban hasta muy alto, confundiéndose con la atmósfera inalcanzable de los astros. No había ni baldosas ni piedras, solo la marca del paso constante había formado un camino rústico, un poco hundido, sin pasto, con tierra suelta y alguna hierba rastrera.

La casa tenía varias habitaciones, amplias y bien ventiladas, todas con baldosas como en el campo. Algunas ventanas tenían las mejores vistas que se pudiera tener, todo el río afuera, marrón y enlodado, imprevisible y casi perenne. Quiero hablar de esta casa porque nadie quiere hacerlo, no sé si es miedo o vergüenza, o tal vez voluntad de olvido, o desgano.

Varios aspectos la hicieron única, inigualable. Al final de ese camino de palo borracho había un barranco del que no podía verse el final, cuando se llegaba al término del sendero no había nada, ninguna otra casa de la ciudad del río podía contar con eso. A la derecha unos arbustos bajos, a la izquierda, un barranco que unos monos usaban para irrumpir en medio de la noche. Aparecían trepándose desde el vacío, caminaban como si fueran dueños de todo, destrozaban y se iban.

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La mujer que le salvó la vida al psicoanalista

Hay personas que van al psicoanalista, y no solo que van a verlo sino que también creen que puede ayudarlos. De hecho, muchos tienen la sensación de haber arreglado sus vidas después de un número determinado de sesiones con estos graduados académicos. Nadie puede asegurar que eso no haya tenido lugar, lo cierto es que Susan Mark, protagonista de esta historia era una joven de unos treinta y pico de años que había tomado la decisión de ir a terapia.

Era un edificio del mil ochocientos, los ornamentos de la puerta de ingreso eran tan bellos como esas historias de pasiones que había leído en novelas románticas francesas. El conserje estaba como entregado a todas ellas. Sentado en el fondo del pasillo, en un pequeño cuarto de oficina, observaba y dirigía a toda persona que ingresara al edificio.

Ella iba a comenzar terapia, dos veces a la semana a las ocho de la noche; la cita obligada con el psicólogo. Al llegar al piso indicado se para frente a la puerta y toca el timbre. Un señor de unos cincuenta y pico que se llamaba Francisco le abre la puerta, a los cinco minutos estaba hablando de su hijo, tenía dieciocho años y practicaba deportes.

Resulta que Francisco, el psicólogo, estaba en medio de una sesión que había comenzado una hora antes, y Susan debía esperar. La sala eran cómoda, había unos sillones bien distribuidos, no obstante, se respiraba un ambiente de improvisación, de cierto desgano. La mujer revisó con un golpe panorámico los rincones de la habitación, había cuadros. Cambió su posición en el sillón para poder captar mejor la dinámica de las cosas. Oyó un sonido que venía de alguna parte, sin saber de qué se trataba se puso de pie.

Mientras tanto Francisco seguía adelante con su sesión, una mujer le respondía a sus preguntas, A Susan le pareció ser una persona madura, quizás un poco más joven que él, cosa que confirmaría más tarde. El tiempo parecía no detenerse, los minutos pasaban uno a uno, y aquel sonido que venía de alguna parte se hacía más fuerte.

Susan caminaba a paso firme, giraba sobre sí, miraba su reloj pulsera, pensaba en cuándo acabaría todo esto de las sesiones. Buscaba también el origen de aquel susurrar de algo que levantaba temperatura. Se asomó a una cocina, observó sus dimensiones mientras notó una pava hirviendo en una hornalla. Creyó que algo andaba mal. Una escena rápida e imprecisa se desató en su cabeza mientras el agua seguía chillando: era el mate cocido que el psicólogo no tomaría.

No pudo calcular el tiempo que llevaba la pava calentándose pero el hervor parecía ser importante. Otra vez la escena rápida donde el psicólogo Francisco llenaba el recipiente de agua y encendía el fuego irrumpió en la cabecita de Susan, otra vez la duda de si irrumpir en la cocina y suspender el proceso desfasado era conveniente. Las consecuencias. Pensó en todo.

Fluyó por las aguas de sus instintos, entró a la cocina en medio del susurro intenso del agua que hervía y apagó convencida el fuego de la hornalla. La sesión estaba durando más de lo normal, quizás la señora había comenzado a hablar de un matrimonio desgraciado que la hacía tremendamente infeliz. Por fin se oyó una puerta que se abría, el latigazo final de una despedida, el vapor subió por la cara de la joven hasta humedecerle el rostro.

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Se puso roja, completamente avergonzada de encontrarse salvándole la vida al psicoanalista en la cocina de su consultorio. ¿Qué había hecho tantos años en Europa?. Se vio a si misma unas semanas más tarde haciéndole las tardes más amenas, contándole cuentos e historias inverosímiles pero reales al psicólogo mientras él le contaba las suyas, locales pero distintas. Se vio oyendo consejos sobre meditar, sobre algo así como regar las plantas del alma. Y también recordarle que había dejado prendida la hornalla para calentar el agua de su capuchino.