Cuarentena

No sé ustedes, pero yo ando anotando en un cuadernito (como cuando era chiquita y escribía cuentos en papel de envoltorio); ʜɪꜱᴛᴏʀɪᴀꜱ ᴅᴇ ᴄᴜᴀʀᴇɴᴛᴇɴᴀ. Porque los paisajes, los sonidos y las conversaciones, desde hace ya casi una semana; ᴄᴀᴍʙɪᴀʀᴏɴ. Está todo teñido de un color opaco, todo manoseado, pero detrás de esa cáscara de abandono y apatía consensuada, hay un rayo de luz despiadado que rasga la realidad y deja salir la belleza espontánea de los vínculos humanos.

Crónica de un paseo

Salir a la calle y ver la mirada triste de las personas mayores.

Me pregunto si estarán solas.

Si no tendrán a nadie cuando vuelvan a sus casas.

Salir y ver ómnibus vacíos y los conductores descansando toda su humanidad sobre el volante, como mirando sin mirar.

Ver taxis por todas partes, y ese olor a limpio en el aire.

Ir a un cajero y ver sillas vacías de “trapitos” afuera de la puerta de una casa vieja, y preguntarme qué pensarán del virus los que la luchan todos los días por subsistir, los que ven todo con las lentes nubladas del abandono; no hay virus para ellos, están inmunizados, de todo; menos del rechazo.

Ir al supermercado y sentir miradas mezquinas de ratas andrajosas que perdieron su humanidad por mirar tanta televisión. ¿De qué temen algunas personas? ¿del olvido? ¿De qué tienen miedo? Como si no fuéramos pájaros humanos con los días contados. Como si pudiéramos estar acá para siempre.

En estos días (que alguien alguna vez soñó) la ciudad calla. Y en ese silencio supremo y permanente los corazones cantan con una tristeza ancestral, donde lo único que reina es una certeza; la de que nadie, absolutamente nadie está a salvo.

Tuya, otra de Piñeiro

writer1.0.0Tuya es una novela policial que publicó por primera vez Ediciones Colihue en el año  2005. Una vez más, Claudia Piñeiro aborda temas que rozan a la clase media y a su peligrosa rutina enmascarada bajo las buenas costumbres.

En esta oportunidad, Inés, la protagonista, una mujer común, una ama de casa común, con una familia de clase media-alta que vive en Palermo, Buenos Aires, llega a hallar sus propios límites en su ensimismada lucha por mantener su lugar en la sociedad, como mujer, como madre, como esposa. Sobre todo como esposa.

En esta novela, Piñeiro toca varios temas. Uno de ellos es la impronta femenina, el mandato materno de ser linda, de casarse, de formar una familia tipo; la competencia con otras mujeres, y las aberraciones a las que llevan esas máximas a las que adhiere desde el comienzo.

Una novela llena de diálogos, muy frenética pero clara, rápida, directa al punto: La versatilidad, la lucidez e inteligencia supremas de una mujer dañada puestas al límite. Otro temas abordados pueden ser la adolescencia y sus conflictos, la farsa del matrimonio jaqueado en su falsedad, y, como también pasa en otras novelas suyas como “Una suerte pequeña”, esa carencia natural de instinto maternal que sale a flote como el cadáver de un muerto, cuando menos se lo espera.

Lectura muy recomendable, “Tuya” muestra estos temas universales pasados por el prisma de la sociedad argentina, con sus pequeñas miserias pero con sus grandes particularidades, esas que la hacen única.

“Una suerte pequeña” de Claudia Piñeiro

49744_3961855_IMG_01_0000_max_656x437La autora nació en Burzaco en la década del sesenta del siglo veinte. Ejerció la profesión de contadora durante muchos años antes de dedicarse a la literatura. Era, sin dudas, una escritora exitosa disfrazada de oficinista.

“Una suerte pequeña” es una novela que publica Alfaguara en 2015 y que cuenta la biografía de una mujer común, hija de un matrimonio corriente, de un barrio más de Buenos Aires. Luego de su regreso a su ciudad natal se encuentra con su pasado, lo que la lleva a replantearse toda su vida.

Esta novela invita al lector a reflexionar desde el comienzo. Su lectura es amena, rápida; pero lo más importante, entretenida. O atrapante, diría yo. La trama está atravesada brillantemente por un suspenso e intriga que  hacen de éste un libro que se lee en dos intensas tardes y, además, con atención exclusiva.

Algo que agregar: Hay un punto sobre el final de la historia, un momento indefinido en el que el lector queda atrapado por la lógica de la trama y comienza entonces a especular con ella. Es allí donde se lo deja a su libre albedrío, construyendo finales alternativos, lo que bien podría dar lugar a una verdadera saga a la manera de las novelas juveniles.

Una gran novela de la autora, altamente recomendable por la calidad de la trama y por una historia que engancha desde el minuto cero, para librarte recién cuando todo se ordena, la ficción concluye de una forma desafiante para que el mapa vital siga su curso…

Rodado 28

#HistoriasDeBicis #MuéveteEnVerde

Dejaba su bicicleta. Qué rodado es. 28, la mía es 26. Así comenzamos a hablar, con su interés en cambiarle el rodado de la bici. Después me contó de su hija de diez años, que es grandota para su edad. No estuve demasiado tiempo con él como para entender qué significaba eso. Había tenido un accidente de moto hacía veinte años, y esperaba una operación de cadera. No tengo apuro, decía. Su voz era dulce, de suave cadencia. Le dije que 38, 37 años: tenía 42. Era un hombre pacífico, de esos que buscan la belleza. En tres minutos me contó que lo único que recordaba era una camioneta que clavó los frenos tres metros antes de la estampida. Cuando despertó estaba en el hospital de emergencias. Ahora me preguntaba sobre el rodado de mi bici.

Veinte años antes

Después de más de veinte años estabas yéndote en medio de noche; te seguí con la mirada, con todas las palabras por decir. Ni siquiera hubiera sabido por dónde empezar. ¿Quizás por contarte sobre todos los veranos en que ponía la música de los Rolling Stones a todo volumen en el patio de mi casa con la esperanza de que pudieras oír que teníamos los mismos gustos?

Todas las veces que estuvimos cerca de ser nosotros mismos, aparecía una barrera infranqueable. Y ahora te veo ir con la paz de siempre, veinte años después; irte en la oscuridad de la noche (tiene bastante de poesía esto). Te pregunté si te acordabas de la sesión de E.T de aquel verano en la cocina en penumbra, en tu casa. Una vez más la indiferencia, el desapego, la ignorancia. La desconexión.

Aquella otra noche en el patio de tu casa, después de la euforia social del pub, donde hubieron besos apagados, tranquilos. Quizá tuviéramos dieciocho años, la pasión no estaba en mis zapatos. Y después de veinte años somos los mismos. Vos seguís con la paz, y yo con mi hermosura; dos gotas que caen sin tocarse. ¿Cuántas veces soñé con vos sin entender mi sueño?. Sin forma, sin gusto. Veinte años más tarde te miro a los ojos intentando entender cómo no puedo llegar a vos. Y me parecen más divertidos los atajos, más productivos los desencuentros. Vacío vos de mí, y yo sin brújula para hallarte.

 

 

 

 

La casa de los monos

Lo supe por un sueño, era una casa enorme, muy cerca del barranco que da al río, se llenaba de una humedad continua, sobre todo en los meses del verano, cuando los mosquitos la impregnaban con su aire siniestro. Mi abuelo materno la había adquirido hacía décadas, mucho antes de mi nacimiento.

Al costado de la casa había un camino ancho coronado de palo borracho, aún recuerdo lo agreste de las espinas, lo rudo de su madera. Se elevaban hasta muy alto, confundiéndose con la atmósfera inalcanzable de los astros. No había ni baldosas ni piedras, solo la marca del paso constante había formado un camino rústico, un poco hundido, sin pasto, con tierra suelta y alguna hierba rastrera.

La casa tenía varias habitaciones, amplias y bien ventiladas, todas con baldosas como en el campo. Algunas ventanas tenían las mejores vistas que se pudiera tener, todo el río afuera, marrón y enlodado, imprevisible y casi perenne. Quiero hablar de esta casa porque nadie quiere hacerlo, no sé si es miedo o vergüenza, o tal vez voluntad de olvido, o desgano.

Varios aspectos la hicieron única, inigualable. Al final de ese camino de palo borracho había un barranco del que no podía verse el final, cuando se llegaba al término del sendero no había nada, ninguna otra casa de la ciudad del río podía contar con eso. A la derecha unos arbustos bajos, a la izquierda, un barranco que unos monos usaban para irrumpir en medio de la noche. Aparecían trepándose desde el vacío, caminaban como si fueran dueños de todo, destrozaban y se iban.

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